jueves, 26 de diciembre de 2013

Edward Gorey y los terrores de la Navidad


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SANTA: EL CONCEPTO ¿Por qué alguien medio normal querría vivir en el Polo Norte sobre un montón de placas de hielo flotantes? O quedarse despierto toda la noche volando por el cielo distribuyendo regalos a niños de dudoso mérito? Hay un punto en el que el altruismo se vuelve enfermizo. O bien es un siniestro encubrimiento para una estafa internacional; un hombre sin domicilio plausible, sin ninguna fuente aparente de riqueza, baja por la chimenea después de la medianoche, mientras que los decentes ciudadanos, respetuosos de la ley, están metidos en sus camas ¿no es esto, al menos, motivo de alarma? Ilustración del libro The Twelve Terrors of Christmas, Edward Gorey & John Updike.
Solo unos dedos virtuosos, repletos de anillos, que no podían parar de moverse, de hacer puzzles, de coleccionar todo tipo de objetos extravagantes y que nunca contestaban el teléfono (a no ser que siguieses la claves secretas de comunicación), podían dar al mundo más de un centenar de libros ilustrados, entre ellos The Gashlycrumb Tinies, The Doubtful Guest y The Wuggly Ump; y un remarcable número de ilustraciones para publicaciones como The New Yorker y The New York Times, y para una gran variedad de autores, como Charles Dickens, Edward Lear, Samuel Beckett, John Updike, Virginia Woolf, H.G. Wells, Florence Heide y muchos otros.
Edward St. John Gorey (Chicago, 1925 - Hyannis, 2000), nunca tuvo un aprendizaje artístico formal, salvo un semestre en el Chicago Art Institute, o la influencia de su abuela Helen St. John Garvey, una popular artista y escritora de felicitaciones, y de su madrastra Corinna Mura, aquella cabaretera que nos deleitó con La Marsellesa en el Rick's Café deCasablanca. Quizás esta falta de rumbo y definición en muchos aspectos de su vida le llevó a experimentar, a arriesgar y a ser tan peculiar como ocurrente, original y único; “Si estás haciendo un disparate, tiene que ser algo horrible, porque si no fuera así, no tendría sentido. Estoy tratando de pensar si existe un disparate soleado, un soleado y divertido disparate para los niños, ¡oh!, qué aburrido, aburrido, aburrido. Como dijo Schubert, no hay música feliz. Y es cierto, en realidad no la hay, y probablemente no hay disparates felices tampoco.”

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