
Gabriel Pacheco nos abre las puertas de su estudio y su cabeza para hablarnos de su proceso creativo. En contadas ocasiones había mostrado sus cuadernos, que esconden la magia de los bocetos. En pocas semanas compartirá su talento en el taller Escribir imágenes en la Feria del Libro de Valladolid.
En toda creación existe una nada previa, un folio en blanco… pero, antes de llegar a ese estadio preembrionario, ¿cómo es el horno? ¿Tienes tu rincón? ¿Qué condiciones medioambientales y personales necesitas? Debe ser de mañana y siempre en mi mesa. Normalmente, cada vez que termino un proyecto, regreso los libros que haya estado leyendo, ordeno la mesa, la limpio, no debe haber nada, solo un lápiz y un montón de hojas blancas.
Soy algo maniático y dibujo únicamente en hojas sueltas pero sobre paquetitos de diez o veinte hojas. No me gustan los cuadernos. Entonces con una buena taza de té comienzo a hacer rayones. La tranquilidad también es muy importante. Soy muy disperso cuando arranco un proyecto, así que intento desconectarme de todo y casi que amarrarme a la silla.
¿Cuándo y cómo empiezas a preparar el proyecto? Cuando lo leo por primera vez, aunque no lo trabajo de inmediato, más bien dejo pasar cierto tiempo para volverlo a leer. En la segunda lectura es cuando encuentro una luz que tomo como tono. Si es alegre, melancólico o épico… Es en este momento cuando me doy cuenta de ello, así que de ahí en adelante todo se baña por esa luz.
Algo importante para mí es comenzar en las mañanas, nunca en la noche. Comienzo “musicalizando” el proyecto, es decir, a partir de una cercanía con el texto busco música que me haga de fondo para imaginarlo. Es como poner banda sonora a una película en tu cabeza. Entonces puedo pasar horas escuchando una sola melodía.
Después viene lo difícil, estar frente a la hoja en blanco. Arrancar es la parte más difícil, la que más cuesta, la sufro mucho. Es como una especie de extravío sin lugar. Me puedo levantar por todo y hasta se me pueden ir los días sin trazar una sola línea. La concentración y la distracción se alternan de una manera agotadora y muy angustiante.
Una vez que las líneas se vuelven hilos, entonces dejo la música y trabajo en silencio. Es cuando respiro y me encuentro concentrado por completo. Ahora me ayudo de otros ejercicios e incluso puede volverse divertido. Claro que todo depende del tiempo que tenga para trabajar.
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