Había en Enriqueta Antolín (Palencia, 1941) una voluntad íntima de querer y de contar. Aparecía en sus libros, pero sobre todo saltaba en su mirada, en su manera de relacionarse con los demás. Querer y contar, estar cerca aunque estuviera lejos. Esa sutileza, que se expresaba en la ternura personal, se convertía en su escritura en una manera de ser rabiosamente literaria.
Entre la escritora y la persona no había apenas distancia. Se la quería por lo que era, y se la quería por lo que escribía. Escribió aquí, por cierto, muchas entrevistas y muchas crónicas y algunos cuentos; era una escritora de la intimidad y una periodista de aliento hondo, siempre buscando, en sus entrevistas y en sus crónicas, misterios y sueños ajenos. Una vez (1992) publicó un libro, La gata con alas; cuando estaba a punto de salir de la imprenta, Carmen Laforet declaró en una rara entrevista que ella acababa de soñar que escribía un libro y que este se llamaba La gata con alas.
Kety, como la llamábamos todos, era mágica, singular. Caminaba como si flotara al encuentro de los otros, y tenía la mirada y la voz sentimental, como si abrazara mirando, poniendo siempre una mano sobre el hombro del interlocutor, diciéndole “aquí estoy”. Decía: “Tenemos que vernos, hablar”.

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