miércoles, 19 de marzo de 2014

Baroja entre gatos y abrigos


Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) es un escritor de escritores: le apasionan sus perfiles, sus secretos, sus dedicatorias, sus bibliotecas, sus relaciones de pareja, el origen de los textos, el fetichismo de los objetos. Es autor de títulos como ‘Las bibliotecas perdidas’, ‘39 escritores y medio’, ‘44 escritores de la literatura universal’ o ‘Cortázar y los libros’. Hace un par de años se publicó un monográfico sobre ‘El árbol de la ciencia’ de Pío Baroja (1872-1956). A Marchamalo (Madrid, 1960) le encargaron que escribiera un retrato del autor de ‘La busca’ y él lo hizo con detalles inadvertidos y con humor: contó la vida cotidiana del autor en zapatillas, con sus alacenas, con su gato, con su pluma, con sus dos abrigos y con su soledad de ermitaño que podía tener malas pulgas y resultar desconfiado. “Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, y algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para los ocasiones especiales”, así empezó. 

El perfil cayó en manos de Diego Moreno, editor de Nórdica y gran aficionado a los libros ilustrados, y le propuso editarlo con ilustraciones del artista Antonio Santos (Lupiñén, Huesca, 1955). Y ahí está Baroja con sus diversos gatos: en el piso de la calle Mendizábal, de “olor ácido y untuoso”, como ha recordado su sobrino Julio Caro Baroja, el escritor vivía con Chepa y Apitia y con su madre. Y en la calle Ruiz de Alarcón tuvo a Miki, que “andaba siempre cerca de la estufa –la chubesqui- en el salón de aquella casa suya fría como el aliento de la muerte”.

Antonio Santos, en diferentes grabados de admirable técnica y precisión, retrata al escritor en primer plano, de paseo por el Parque del Retiro, con uno de sus abrigos o en compañía de Alejandro Sawa, el escritor y bohemio que inspiró a Ramón María del Valle-Inclán, ‘Luces de bohemia’. Sawa era todo un sablista o sableador: un día le pidió tres pesetas a Baroja, este no las tenía y Sawa le dijo que las fuese a buscar a su casa, cosa que hizo. “Ya puede usted marcharse. Le dijo entonces Sawa, señalando la mano con la puerta con la mano, aquella mano, explicaba, con la que había tocado de refilón a Víctor Hugo y que no había vuelto a lavarse desde entonces”.


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