martes, 11 de marzo de 2014

Memoria dibujada


Como casi todo artista en ciernes Art Spiegelman empezó su educación poniendo tierra por medio, alejándose de su propio origen tanto como pudo. Se había criado en Nueva Jersey y en Queens, en una familia de emigrantes europeos que le daba, desde niño, ese sentimiento agudo de diferencia con los otros que provoca tanta incomodidad en una conciencia infantil. Un niño quiere ser como los otros niños. Un niño quiere que sus padres no se distingan de los demás padres. 

Los padres de Art Spiegelman hablaban inglés con un fuerte acento extranjero y llevaban cada uno un número tatuado en letras azules en el antebrazo. Un día de verano, cuando su madre llevaba una blusa de manga corta, un chico del vecindario le preguntó qué significaba ese número. Ella se quedó un poco confundida al principio, y luego dijo que era un número de teléfono que se había apuntado en el brazo, por no tener un papel a mano. Los padres de Art Spiegelman tenían amigos y parientes tan raros como ellos, igual de embarazosamente extranjeros. Cuando se reunían hablaban sin mucho detalle de la guerra. No decían los campos de exterminio, ni elHolocausto. Esas palabras no se pronunciaban entonces.

El pasado entre aterrador y fantástico que invocaba ese término, la guerra, era tan vago como el mundo del que sus padres procedían, casi tan incomprensible como los idiomas en los que se comunicaban entre sí cuando no querían que el hijo los comprendiera, el polaco, el yiddish.A veces su padre o su madre le contaban algo, un episodio, la muerte de alguien, un trance de peligro; pero esas historias aisladas carecían de un contexto que las hiciera comprensibles, y eso las volvía aún más inquietantes. 

La guerra contra Hitler y contra los japoneses, la guerra heroica y cinematográfica del desembarco en Normandía, era omnipresente, en libros, películas, reportajes fotográficos en blanco y negro. Pero en el relato de esa guerra apenas había referencias a la persecución y el exterminio de los judíos de Europa. La guerra de la que hablaban, en sus lenguas extrañas, con sus acentos lamentables, los padres de Spiegelman y sus conocidos no parecía la misma en la que habían luchado distinguidamente los padres de sus compañeros de escuela. Era una guerra de hambre, de barracones helados, de piojos, de hornos crematorios, de gente que desaparecía para siempre, de brazos tatuados.


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