viernes, 5 de septiembre de 2014

Libros y pañales



Dicen los expertos que la pasión por los libros se inocula desde la cuna. Y hay, incluso, quien adelanta la fecha a la gestación materna. Sea cuando sea, lo cierto es que las actividades de fomento infantil a la lectura en bibliotecas públicas (hoy sometidas a recortes de medios) y en las librerías especializadas es esencial. Y Madrid cuenta con una corta pero selecta y mimada red de pequeñas tiendas regentadas por unos entusiastas libreros. Estos han convertido en oficio su amor por la literatura. Y así, tan pronto recomiendan un título, que organizan un taller en inglés o leen a unos oyentes ensimismados.
A esta oferta literaria se han sumado en los últimos meses dos ambiciosos proyectos: La Casa del Lector, de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, y el Espacio Kalandraka, un centro de exposiciones y actos abierto por la homónima editorial, que nació hace 16 años para llevar al gallego títulos clásicos.
La Comunidad se enorgullece de liderar el índice de lectura de España. El 71,3% de los mayores de 14 años lee (frente al 59,1% de la media nacional), según el informe Hábitos de lectura 2012 de la federación de editores. Y encabezan también el listado de compras: un 48,3% consumió ese año y con un promedio de 10,4 libros. Con estos mimbres se entiende que muchos sábados en la librería El dragón lector (Sagunto, 20) no quepan todos los que quieren asistir al cuentacuentos y haya cola en la calle, como si un concierto de masas se tratase. Algunos hacen coincidir su visita a Madrid desde otra provincia con un acto en la librería.
Pilar Pérez y José Andrés Villota, sus dueños, acaban de traspasar el otro local del Dragón Lector (Fernández de la Hoz, 72) a Alejandra Casado, quien siendo madre y bibliotecaria los visitaba como clienta. Hubo hasta lloros y un casting para elegir al dueño. Está próxima al Liceo italiano y comenzó teniendo la mitad de su catálogo en ese idioma. La inauguró el cónsul alpino y una vez al mes las familias italianas se reunían a leer en su lengua. A Alejandra le gustaría ahora recuperar esa práctica. Es bilingüe en inglés y tanto ella como su marido (un abogado extrovertido) dinamizarán lecturas en su diminuta y coqueta librería que acaba de reformar para sacar el almacén a la vista del público.

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